Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Un hombre insultó todo el tiempo «no a nadie en particular, sino en general», según Ilse, y otro viejo estaba a punto de suscribirse cuando intervino su esposa.

—Yo en tu lugar no me suscribiría, padre. El director de ese diario es un infiel.

—Muy impertinente, seguro —dijo «padre», y volvió a guardar el dinero en la cartera.

—¡Delicioso! —murmuró Emily cuando ya no podían oírlas—. Tengo que anotarlo en mi cuaderno.

Por lo general, las mujeres las recibían con más amabilidad que los hombres, pero los hombres les compraban más suscripciones. En realidad, la única mujer que se suscribió fue una señora entrada en años a quien Emily conquistó escuchando solidariamente un largo informe sobre la belleza y las virtudes de la fallecida mascota de la dicha señora, un gato llamado Thomas, aunque debe admitirse que al terminar le susurró a Ilse:

—Ejemplares de los diarios de Charlottetown, por favor.

Su peor experiencia fue con un hombre que las sometió a un discurso de injurias porque sus ideas políticas diferían de las del Times y él parecía hacerlas responsables del hecho. Cuando se interrumpió para tomar aliento, Emily se puso de pie.

—Patéalo y te sentirás mejor —dijo, con calma, mientras salía. Ilse estaba blanca de rabia.


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