Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —No os a levantéis hasta que os haya contado mi historia —replicó la señora McIntyre con firmeza—. En cuanto te vi supe que eres una de las personas que tiene que oÃrla. No tienes buenos colores ni voy a decir que seas muy bonita, no, no. Pero tienes las manos pequeñas y las orejas pequeñas, que pienso que vienen a ser las orejas de las hadas. La niña que está contigo es una niña muy bonita y va a ser una muy buena esposa para un hombre muy guapo, y es inteligente, ah, sÃ, pero tú tienes algo y es a ti a quien voy a contar mi historia.
—Déjala que la cuente —susurró Ilse—. Me muero de curiosidad por saber cómo le dieron unos azotes al rey.
Emily, que se daba cuenta de que no era cuestión de «dejar» o no dejar, sino sencillamente de quedarse quietas y escuchar lo que fuera que a la señora McIntyre se le ocurriera contar, asintió.
—¿No hablarás las dos lenguas? Me refiero al gaélico.
Asombrada, Emily sacudió sus cabellos negros.