Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—Por todos los cielos, Emily, no ha sido culpa mía. Todo la etiqueta del mundo no podría haberlo evitado. Claro que me he sentido como un idiota, pero me he levantado y me he reído. Nadie más se ha reído. Todos han sido muy bien educados. La señora Hardy ha estado muy amable, esperaba que no me hubiera hecho daño, y el doctor Hardy ha dicho que él se había resbalado igual que yo más de una vez después de que cambiaran las buenas alfombras viejas para colocar madera y alfombras pequeñas. Yo tenía miedo de moverme, así que me he sentado en la silla más cercana, pero en ella había un perro, el pequinés de la señora Hardy. No, no lo he matado, he sido yo el que se ha llevado el susto más grande. Para cuando he aterrizado en otra silla el su… la transpiración me corría por la cara. Justo entonces han llegado otras personas, y eso me ha sacado un poco del candelero, porque me ha dado tiempo para recuperarme. Me he dado cuenta de que tenía alrededor de diez pares de manos y de pies. Y mis botas eran demasiado grandes y ordinarias. Hasta que he caído en la cuenta de que estaba con las manos en los bolsillos, silbando.

Emily iba a decir «¡ay, Perry!» pero se mordió la lengua y se lo tragó. ¿Qué sentido tenía decir nada?



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