Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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—Estaba demasiado asustado. Pero te voy a decir una cosa: mucha etiqueta, pero la comida no tenía nada que envidiarle a la de la Luna Nueva, es más, se quedaba corta. La comida de tu tía Elizabeth le gana a la de los Hardy con diferencia y, además, tampoco te daban demasiado de ningún plato. Después de la cena hemos vuelto a la sala (ellos lo llamaban «sala de estar») y las cosas no han ido tan mal. No he hecho nada malo, salvo tirar una biblioteca al suelo.

—¡Perry!

—Bueno, estaba floja. Yo estaba apoyado en ella, hablando con el señor Hardy, y supongo que me he apoyado muy fuerte, porque se ha caído al suelo. Pero enderezarla y volver a colocar los libros parece que me ha permitido serenarme y ya no me he sentido tan mudo. Después no me ha ido muy mal, aunque de vez en cuando se me escapaba una palabra de jerga antes de que me diera cuenta. Te digo una cosa, ojalá te hubiera hecho caso con eso de no hablar en jerga. Ha habido un momento en que la anciana gorda ha estado de acuerdo con algo que yo he dicho (tenía buen criterio aunque le sobraban dos papadas) y yo me he puesto tan contento de tenerla de mi lado que le he dicho: «Yo me juego hasta la camiseta», sin pensarlo. Y creo que he alardeado un poco. ¿Es cierto que alardeo mucho, Emily?

A Perry nunca se le había ocurrido hacerse esta pregunta.


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