Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Yo no soy una Murray, y me voy a mi cuarto. Buenas noches.
—Espera un momento —dijo Perry, con una sonrisa—. Cuando el reloj dé las once te daré un beso.
Ni por un momento a Emily se le ocurrió que Perry fuera a cumplir su promesa, lo cual fue una tonterÃa de su parte, porque Perry hacÃa siempre lo que decÃa que iba a hacer. Pero, claro, nunca se habÃa puesto sentimental. Ella ignoró su comentario y se quedó para hacerle otra pregunta sobre la cena en casa de los Hardy. Perry no respondió a la pregunta: el reloj comenzó a dar las once mientras ella la formulaba; él pasó las piernas por el alféizar de la ventana y entró en la habitación. Emily se dio cuenta demasiado tarde de que él pensaba hacer lo que habÃa dicho. Apenas tuvo tiempo de apartar la cara y el beso sonoro, entusiasta y franco de Perry (no habÃa nada de sutil en los besos de Perry) fue recibido por su oreja en lugar de su mejilla.
En el preciso instante en que Perry la besaba y antes de que una indignada protesta pudiera llegar a sus labios, sucedieron dos cosas. Una ráfaga de viento entró de la galerÃa y apagó la vela y se abrió la puerta del comedor y la tÃa Ruth apareció en la puerta, ataviada con un camisón de franela rosa y trayendo otra vela, cuya luz iluminando hacia arriba provocaba un extraño efecto sobre su rostro tenso con su halo de rizadores.