Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —SÃ, gracias a ti —dijo, saltando a través de la habitación para darle un impetuoso abrazo—. Vamos, ahora rÃñeme, primo Jimmy, con severidad.
—No, no. Pero habrÃa sido más prudente no abrir esa ventana, ¿no te parece, gatita?
—Por supuesto. Pero la prudencia es una virtud tan falsa a veces, primo Jimmy. Uno le tiene miedo, uno quiere seguir avanzando, y…
—Y al demonio con las consecuencias —concluyó el primo Jimmy.
—Algo asà —rió Emily—. Detesto ir por la vida con prudencia, temerosa de dar un paso largo, por miedo a que alguien esté mirando. Quiero «mover mi larga cola y andar por mi salvaje sendero solitario». No tenÃa nada de malo abrir esa ventana y hablar con Perry. Ni siquiera era malo que él tratara de besarme. Lo hizo para gastarme una broma. Ay, cómo odio las convenciones. Como tú dices, al demonio con las consecuencias.
—Pero no es asÃ, gatita, ése es el problema. Es más probable que los que nos vayamos al demonio seamos nosotros. Voy a plantearte una cosa, gatita. Supón, no tiene nada de malo suponerlo, supón que fueras mayor, casada y tuvieras una hija de tu edad, y bajaras una noche y la encontraras como os encontró la tÃa Ruth a ti y a Perry. ¿Te gustarÃa? ¿EstarÃas contenta? Sé sincera.