Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Esperaba que el señor Towers estuviera furioso, pero sólo estaba molesto, y a decir la verdad, un poquito divertido. No habría sido lo mismo si el señor Wickham hubiera sido un ministro instalado aquí, por supuesto. A nadie le importaba mucho él ni su sermón, y el señor Towers es presbiteriano, de modo que los de St. John’s no pueden acusarlo de querer insultarlos. Es sobre la pobre Emily B. sobre quien recae todo el peso de la condena. Al parecer todos creen que lo hice «para darme aires». La tía Ruth está furiosa; la tía Elizabeth, indignada; la tía Laura, apenada; el primo Jimmy, alarmado. Es muy poco común criticar el sermón de un ministro. Es una de las tradiciones de los Murray que los sermones de los ministros (en especial de los ministros presbiterianos) son sacrosantos. Mi presunción y mi vanidad serán mi ruina, según me informa fríamente mi tía Elizabeth. La única persona que parece satisfecha es el señor Carpenter. (Dean está en Nueva York. Sé que a él también le habría gustado). El señor Carpenter le está diciendo a todo el mundo que mi «informe» es lo mejor de esa clase que ha leído. Pero el señor Carpenter es sospechoso de herejía, de modo que su alabanza no hará mucho por rehabilitarme.