Emily lejos de casa

Emily lejos de casa

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Cuando La mujer que le dio una azotaina al rey fue aceptado y publicado por una revista de Nueva York de cierta reputación, se produjo una gran sensación en Blair Water y en Shrewsbury, en especial, cuando pasó de boca en boca la increíble noticia de que a Emily le habían pagado cuarenta dólares. Por primera vez, su clan comenzó a ver su manía de escritora con cierto grado de seriedad y por fin la tía Ruth abandonó para siempre toda alusión al tiempo perdido. La aceptación llegó en un momento psicológico en que las arenas de la fe de Emily estaban muy bajas. Durante todo el otoño y todo el invierno habían estado devolviéndole material, excepto dos revistas cuyos directores evidentemente creían que la literatura tenía su recompensa en sí misma y estaba más allá de degradantes consideraciones monetarias. Al principio, ella siempre se molestaba mucho cuando un poema o un cuento con los que había sufrido volvía con unas de esas notas de rechazo o algunas palabras de débil elogio, los rechazos con un «pero», los llamaba Emily, y los odiaba más que los impresos. Las lágrimas de la decepción eran inevitables. Pero, pasado un cierto tiempo, se endureció y no le importaba… demasiado. Sólo le dirigía una mirada Murray a la nota de rechazo y decía «triunfaré». Y nunca, en ningún momento, tuvo realmente dudas de que así sería. En lo profundo, en lo más profundo de sí, algo le decía que ya le llegaría la hora. De modo que, aunque por el momento se encogía ante cada rechazo, como ante un latigazo, se sentaba y se ponía a escribir otro cuento.


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