Emily lejos de casa
Emily lejos de casa La maravilla del encantamiento que, de pronto, se había apoderado de ella era tan intolerable que debía quebrarlo. Se levantó de un salto y fue hacia la ventana. El susurro sibilante de la nieve contra los cristales azul blancuzcos por la escarcha parecía burlarse suavemente de su asombro. Los tres grandes pajares coronados de nieve, apenas visibles en un rincón del granero, parecían sacudir los hombros de risa ante su situación. El fuego de la cocina, reflejado en el claro, parecía la fogata de un duende burlón bajo los abetos. Más allá, a través de los árboles, había espacios insondables de tormenta blanca. Por un momento Emily deseó estar fuera, en medio de ellos: allí quedaría libre de aquel cautiverio de inmenso deleite que tan súbita e inexplicablemente la había hecho prisionera, a ella, que odiaba las cadenas.
«¿Me estoy enamorando de Teddy? —se preguntó—. No debo, no debo».
Perry, inconsciente a todo lo que había sucedido en un abrir y cerrar de ojos entre Teddy y Emily, bostezó y se desperezó.