Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Los chicos se fueron a su lecho de paja y Emily, tras decidir dejar a Ilse, que parecía cómoda en el sofá, mientras siguiera dormida, se acostó en la cama del pequeño cuarto. Pero no para dormir. Nunca había tenido menos ganas de dormir. No quería dormir. Olvidó que se había estado enamorando de Teddy. Olvidó todo lo que no fuera su maravillosa idea; capítulo a capítulo, página a página, se desenrollaba ante ella en la oscuridad. Sus personajes vivían, reían, hablaban, hacían, disfrutaban y sufrían; ella los veía sobre el trasfondo de la tormenta. Le ardían las mejillas, le latía fuerte el corazón, se estremecía de pies a cabeza con el éxtasis de la creación, una alegría que surgía como una fuente de las profundidades del ser y parecía independiente de todas las cosas terrenales. Ilse se había emborrachado con el whisky de Malcolm Shaw, pero Emily se había emborrachado con un vino inmortal.