Emily lejos de casa
Emily lejos de casa —Bueno, el perro ha venido con Emily. Yo he creído que era suyo. La cortesía hacia una visita implica la cortesía hacia su perro, ¿no hay un viejo proverbio que lo dice de manera más concisa? Al entrar, me ha abrazado efusivamente, como atestigua mi vestido más querido. Te ha ensuciado todo el diván, le ha arrancado las violetas al sombrero de Emily, ha corrido detrás de tu gata, ha tirado tu begonia, te ha roto un florero, se ha escapado con nuestro pollo asado, ¡sí, gime, tía Ángela, así ha sido!, y sin embargo yo, decididamente cortés y compuesta, no he dicho ni una palabra de protesta. Juro que mi comportamiento era merecedor de la mismísima Luna Nueva, ¿no, Emily?
—Estabas demasiado enfadada para hablar —dijo la señora Royal, apesadumbrada, acariciando su begonia.
La señorita Royal le dirigió una mirada cómplice a Emily.
—Ya ves, no puedo simular con la tía Ángela. Me conoce demasiado. Admito que no he estado encantadora como de costumbre. Pero, tiíta querida, te voy a comprar un florero nuevo y una begonia nueva, piensa en cómo vas a disfrutar cuidándola. La anticipación es mucho más interesante que la consecución.
—Yo voy a hablar con Lily Bates —soltó la señora Royal, saliendo de la habitación en busca de un paño para limpiar.