Emily lejos de casa
Emily lejos de casa Un atardecer como éste siempre me hace pensar en aquella primavera en la que murió papá, hace tres años, y en aquella vieja y querida casita en Maywood. Nunca he vuelto a verla. Me pregunto si ahora vivirá alguien allí. Y si Adán y Eva y el Pino Gallo y el Árbol Penitente siguen igual. Y quién duerme en el que era mi cuarto, y si alguien les da cariño a los abedules pequeños y juega con la Señora Viento en los bosquecillos de abetos rojos. En cuanto escribí «bosquecillos de abetos rojos» me vino un viejo recuerdo. Un atardecer de primavera, cuando yo tenía ocho años, estaba corriendo por los páramos jugando al escondite con la Señora Viento y encontré una pequeña hondonada entre dos abetos que estaba cubierta por unas hojas diminutas muy verdes, cuando todo lo demás estaba marrón y marchito. Eran tan hermosas que me vino «el destello» mientras las miraba. Era la primera vez que me sucedía. Supongo que por eso recuerdo con tanta nitidez esas hojitas. Nadie más las recuerda, tal vez nadie más las haya visto. De otras hojas me he olvidado, pero a éstas las recordaré todas las primaveras y con cada evocación volveré a sentir el momento de magia que me regalaron.