Emily triunfa

Emily triunfa

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La vieja tía abuela Nancy, de Priest Pond, murió aquel verano, inesperadamente. «Estoy cansada de vivir. Creo que voy a parar», dijo un día, y paró. Ninguno de los Murray fue beneficiario de su testamento; le dejó todo lo que tenía a Caroline Priest; pero Emily heredó la «bola que mira», el llamador de bronce en forma de gato de Cheshire, los pendientes de oro y el dibujo en acuarela que Teddy le había hecho hacía años. Emily puso el gato de Cheshire en la puerta delantera de la Casa Desilusionada, colgó la gran bola plateada de la lámpara veneciana y usó los preciosos pendientes antiguos para varias recepciones y pompas bastante divertidas. Pero el dibujo lo guardó en el altillo de la Luna Nueva, en una caja que contenía ciertas cartas viejas, tontas y dulces, llenas de sueños y planes.

7

Pasaban minutos gloriosos de diversión cuando, de vez en cuando, se detenían a descansar. Había un nido de petirrojo en el abeto del rincón norte que los dos miraban y protegían de Flor.

—Piensa en la música contenida en esta cáscara frágil y celeste —dijo Dean, tocando un huevo, un día—. Tal vez no sea la música de la luna, sino una música más terrenal, más doméstica, llena de saludable dulzura y de la alegría de vivir. Algún día este huevo será un petirrojo, Estrella, y nos va a llamar a casa, alegremente, al atardecer.


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