Emily triunfa
Emily triunfa —No sé de dónde sacas tu testarudez, Emily. Nunca aceptas un consejo. Y sé que después de la publicación del libro los Courcy no volverán a dirigirnos la palabra.
—El libro no tiene la menor posibilidad de que lo publiquen —dijo Emily, sombrÃa—. Me lo devolverán, «maldecido con tibios halagos».
La tÃa Elizabeth nunca habÃa oÃdo antes aquella expresión y pensó que Emily la habÃa inventado y que estaba siendo profana.
—Emily —dijo con firmeza—, no quiero volver a oÃr esa expresión de tus labios. Siempre he sospechado, con buena base, que Ilse Burnley hablaba de esa manera, y a ella no debemos juzgarla según nuestros patrones. Pero los Murray de la Luna Nueva no hablan asÃ.
—Era sólo una cita, tÃa Elizabeth —puntualizó Emily, cansada.
Estaba cansada, un poco cansada de todo. Era Navidad y un invierno largo y monótono se presentaba ante ella, un invierno vacÃo, sin incentivos. ParecÃa que nada valÃa la pena, ni siquiera encontrar editor para La virtud de la rosa.
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