Emily triunfa
Emily triunfa Y entonces lo oyó. Una señal suave en el bosque de John el Altivo: dos notas altas y una baja, larga, la viejísima llamada que en un tiempo la habría hecho salir corriendo entre las sombras hacia los abetos.
Emily siguió sentada, convertida en piedra, con la cara blanca enmarcada por la hiedra que se arracimaba alrededor de la ventana. Él estaba allí, Teddy estaba allí, en el bosque de John el Altivo, esperándola, llamándola como antes. ¡Esperándola!
Estuvo a punto de ponerse de pie de un salto, a punto de bajar corriendo las escaleras hasta donde él la esperaba. Pero… ¿no estaría tratando de averiguar si seguía teniendo su antigua ascendencia sobre ella?
Se había ido dos años atrás sin escribirle una palabra de despedida. ¿Podía el orgullo de los Murray aceptarlo? ¿Podía el orgullo de los Murray salir corriendo a encontrarse con el hombre que la había tenido en tan poca consideración? El orgullo de los Murray no podía. El rostro joven de Emily adquirió, a la luz difusa, las líneas de una obstinada determinación. No iría. Que la llamara todo lo que quisiera. «Silba y hacia ti iré, doncel mío»… ¡cómo no! Eso se había terminado para Emily Byrd Starr. Que Teddy Kent no creyera que podía irse y volver, como se van los años, y que siempre la encontraría esperando dócilmente su señal señorial.