Emily triunfa
Emily triunfa —Están sólo la tÃa Louisa y la tÃa Elizabeth —contestó Emily, sin poder reprimir una sonrisa.
—No te ofendas si no… si no hablo mucho. Me he pasado la vida hablando. Se acabó. No me queda… aliento. Pero si se me ocurre algo… quiero que estés cerca.
El señor Carpenter cerró los ojos y se sumió en el silencio. Emily permaneció quieta. Su cabeza era un suave borrón oscuro frente a la ventana que comenzaba a blanquearse con el alba. Las manos fantasmales de un viento travieso jugueteaban con sus cabellos. El perfume de los lirios de junio penetraba desde el lecho que habÃa debajo de la ventana abierta, un aroma persistente, más dulce que la música, como todos los perfumes perdidos de los viejos años. A lo lejos, dos hermosos abetos esbeltos y negros, de la misma altura exactamente, se recortaban bajo el cielo iluminado por el alba de plata, como las agujas gemelas de alguna catedral gótica que se levantaban de entre un banco de bruma plateada. Entre ellos pendÃa una pálida luna vieja, tan hermosa como la luna creciente de la noche. Esa belleza era un consuelo y un estÃmulo para Emily bajo la tensión de esta extraña vigilia. Sucediera lo que sucediese, viniera lo que viniese, una belleza como aquélla era eterna.