Emily triunfa
Emily triunfa —Bueno, al menos sé escribir cuentos. Continuaré con eso.
No obstante, la novela la atormentaba. Pasadas algunas semanas, la releyó, fría, críticamente, desprovista del esplendor engañoso del principio y de la igualmente engañosa depresión de las cartas de rechazo. Y siguió pareciéndole buena. No la maravilla que le había parecido al principio, tal vez, pero sí un buen trabajo. ¿Entonces, qué? Ningún escritor, se decía, era capaz de juzgar correctamente su propia obra. ¡Si viviera el señor Carpenter! Él le diría la verdad. Emily tomó de pronto una resolución drástica. Se la enseñaría a Dean. Le pediría su opinión ecuánime y serena y se ajustaría a ella. Sería difícil. Siempre le resultaba difícil enseñar sus cuentos a cualquiera, a Dean más que a nadie, que sabía tanto y había leído todo lo que había para leer en el mundo. Pero ella debía saber. Y sabía que Dean le diría la verdad, para bien o para mal. A él sus cuentos no le gustaban. Pero esto era diferente. ¿Vería algo valioso en la novela? Si no era así…
6
—Dean, quiero tu opinión sincera sobre esta novela. ¿Querrías leerla con cuidado y decirme exactamente lo que piensas? No quiero halagos ni falsos estímulos, quiero la verdad, la pura verdad.