El naufragio del Titán
El naufragio del Titán Sus ojos todavÃa no podÃan ver con claridad y, tras un examen lleno de incertidumbre, echó a correr al comprobar que la misteriosa figura blanca estaba más cerca del puente que él y que se aproximaba con rapidez. Cuando estuvo a unos cien metros, el corazón le dio un vuelco y la sangre se le quedó tan helada como el suelo que pisaba, porque la figura blanca resultó ser un viajero procedente del Polo Norte, flaco y hambriento; un oso polar que habÃa olfateado alimento y venÃa en su busca, corriendo pesadamente, abriendo sus enormes fauces y enseñando unos colmillos amarillentos. Rowland no tenÃa más que un recio cuchillo, que sacó del bolsillo y abrió mientras corrÃa. Ni por un instante dudó ante un combate que presagiaba una muerte casi segura, pues la presencia de aquel oso ponÃa en peligro a una niña cuya vida se habÃa vuelto más importante que la suya propia. Horrorizado, la vio salir del refugio, cubierta con la lona blanca, justo cuando el oso doblaba la esquina del puente.
—¡Atrás, pequeña, atrás! —gritó, bajando a grandes saltos la pendiente.
Pero el oso alcanzó a la niña antes que él y, sin esfuerzo aparente, la lanzó con un golpe de su enorme zarpa a dos metros de distancia, donde la niña quedó inerte. Al girarse para rematarla, el animal se encontró con Rowland.