El naufragio del Titán
El naufragio del Titán El oso se alzó sobre sus patas traseras, tomó impulso y cargó contra él. Rowland sintió cómo los huesos de su brazo izquierdo se fracturaban por el mordisco de aquellos grandes y amarillentos colmillos; pero al caer clavó el cuchillo en la tupida piel del animal, que, gruñendo de ira, soltó el maltrecho miembro y le asestó un violento zarpazo que lo arrojó más lejos de donde había caído la pequeña. Se levantó, con las costillas rotas, y —sin sentir apenas dolor— esperó la segunda embestida. De nuevo su brazo roto e inservible quedó atrapado entre las fauces del animal, y de nuevo se vio obligado a retroceder, pero esta vez usó el cuchillo de forma metódica. Tenía el enorme hocico del animal aplastado contra su pecho; podía oler su caliente y fétido aliento y sentir esos ojos rabiosos brillando sobre sus hombros. Rowland acertó a clavar el cuchillo en el ojo izquierdo de la bestia. La hoja de quince centímetros se hundió hasta el mango, perforando el cerebro del animal, y este, con una convulsión que levantó a Rowland por su brazo herido, se irguió y, extendiendo las garras hasta alcanzar su máxima envergadura, se desplomó y, tras varios espasmos, quedó inerte. Rowland había logrado lo que ningún cazador esquimal habría intentado siquiera: enfrentarse y matar al Tigre del Norte con un cuchillo.