El naufragio del Titán

El naufragio del Titán

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Todo había ocurrido en un minuto, pero en esos segundos quedó lisiado de por vida; pues en la tranquilidad de un hospital ni el mejor cirujano podría hacer nada por recolocar las astillas de su hueso fracturado o recomponer sus costillas rotas. Además, estaba en un islote de hielo, a una temperatura que rondaba el punto de congelación y sin las toscas herramientas de un salvaje.

Avanzó con dificultad hacia el pequeño bulto rojo y blanco y lo alzó con su brazo sano, aunque al agacharse sintió un dolor lacerante. La niña sangraba por cuatro crueles y profundos arañazos que bajaban en diagonal desde el hombro derecho a la espalda, pero al examinarla vio que sus blandos y frágiles huesos estaban intactos y que se hallaba inconsciente por el áspero contacto de su frente con el hielo, pues le había salido un enorme chichón.

Por pura necesidad, Rowland debía ocuparse primero de sí mismo, así que envolvió a la pequeña en su abrigo, la instaló en el refugio y cortó un trozo de lona para hacerse un cabestrillo. Luego, con el cuchillo, los dedos y los dientes desolló parte del oso —teniendo que hacer frecuentes pausas para no desmayarse a causa del dolor— y cortó de la caliente aunque no muy espesa capa de grasa un buen trozo que, después de lavarse las heridas en un estanque cercano, ató firmemente a la espalda de la pequeña utilizando como venda los jirones del camisón.


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