UtopĂa
UtopĂa —Dejadme, —dijo el bufĂłn—. Yo soluciono eso rápido. Estoy deseando quitar de mi vista esta gente miserable. Me asedian constantemente con su mĂşsica quejumbrosa. Pero, ¡nunca han logrado arrancarme un solo cĂ©ntimo! Siempre me pasa lo mismo: o me piden cuando no tengo o no tengo ganas de darles cuando me piden. Por fin han llegado a comprender: Para no perder tiempo, al cruzarse conmigo, pasan en silencio, porque saben que les darĂ© menos que si fuera un cura. AsĂ pues, ordeno y mando que: «Todos estos pordioseros sean distribuidos y repartidos entre los conventos de benedictinos, y que se les haga monjes legos, segĂşn dicen ellos. A las mujeres ordeno que se hagan monjas».
El Cardenal se sonrió aprobando en broma sus palabras. Los demás se lo tomaron en serio.
Lo dicho sobre curas y frailes llevĂł a bromear sobre el asunto a cierto teĂłlogo y fraile mendicante, hombre habitualmente serio hasta parecer torvo.
—Ah, pero no os libraréis tan fácilmente de los pobres —dijo—. ¿Qué haréis con nosotros los frailes mendicantes?
—Para mà el asunto está solucionado —dijo el parásito—. El Cardenal no se olvidó de vosotros al decretar que fueran encerrados los vagabundos y se les obligara a ejercer un oficio. ¿No sois acaso vosotros los vagabundos por excelencia?