Utopía
Utopía Los invitados, ante estas palabras, fijaron sus ojos en el Cardenal. Al advertir que no protestaba, empezaron a hacer bromas sobre el asunto. Sólo el fraile, picado, se indignó y exasperó de tal manera que no pudo contener las injurias de sus labios. Llamó a nuestro hombre intrigante, embustero, calumniador e hijo de perdición. Todo ello salpicado de terribles amenazas tomadas de la Sagrada Escritura. Entonces, nuestro bufón se sintió a sus anchas, comenzando a bufonearse en serio.
—Calma, hermano, no os enojéis, —dijo el bufón—. Está escrito: «Con vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas».
A lo que el fraile replicó con estas mismas palabras:
—No me enojo, o por lo menos no peco, pues dice el Salmista: «Enojaos y no pequéis».
El Cardenal reprendió amablemente al fraile, invitándole a reprimir sus sentimientos. Pero el fraile contestó:
—No, señor, es el celo el que dicta mis palabras y el que me empuja a hablar. Es el mismo celo que movía a los santos. Por eso está escrito: «Me devora el celo de tu casa». Y en vuestras iglesias se canta: Los que se burlaban del gran Eliseo cuando subía a la casa de Dios sintieron la cólera del calvo. Y ojalá que lo sienta también ese embustero y embaucador bufón.