Piense y hágase rico
Piense y hágase rico El discurso de Schwab de aquella noche del 12 de diciembre de 1900 aportó la sugerencia, que no la solicitud, de que el vasto imperio Carnegie podÃa llegar a estar bajo la sombra de Morgan. Habló del futuro mundial del acero, de reorganización en aras de la eficiencia, de especialización, de deshacerse de compañÃas improductivas, de la concentración del esfuerzo en las propiedades florecientes, de ahorros en el tráfico de mineral bruto, de ahorros en los departamentos directivos y administrativos, de captar mercados extranjeros.
Más que todo eso, les dijo a los bucaneros que habÃa entre ellos dónde estaban los errores de su piraterÃa habitual. Sus propósitos, suponÃa él, habÃan sido crear monopolios, aumentar los precios y pagarse a sà mismos dividendos exagerados más allá de todo privilegio. Con su estilo campechano, Schwab condenó ese sistema. La estrechez de miras de semejante polÃtica, dijo a su auditorio, residÃa en el hecho de que restringÃa el mercado en un momento en que todo pugnaba por la expansión. Abaratando el coste del acero, explicó, se crearÃa un mercado expansivo; se idearÃan más usos para el acero y se captarÃa una parte considerable del mundo de la industria. En realidad, aunque él no lo supiese, Schwab era un apóstol de la moderna fabricación en serie.