Aurelia o El sueno y la vida
Aurelia o El sueno y la vida La llama ha devorado esas reliquias de amor y de muerte, que se anudaban a las fibras más dolorosas de mi corazón. Fui a pasear por el campo mis penas y mis remordimientos tardíos, buscando en la marcha y la fatiga el aturdimiento de mi mente, la certeza quizá para la noche próxima de un sueño menos funesto. ¡Con esa idea que me había hecho del sueño como si abriera al hombre una comunicación con el mundo de los espíritus, esperaba, esperaba aún! Quizá Dios se contentaría con este sacrificio. Aquí me detengo; hay demasiado orgullo en pretender que el estado de espíritu en que estaba fuera causado únicamente por un recuerdo de amor. Digamos más bien que involuntariamente yo ornaba con él los remordimientos más graves de una vida locamente disipada en la que el mal había triunfado con frecuencia, y de la que no reconocía las faltas sino sintiendo los golpes de la desgracia. No me sentía ahora digno de pensar en la que atormentaba muerta tras de haberla afligido en vida, debiendo, únicamente, su última mirada de perdón a su dulce y santa piedad.
