Sylvie
Sylvie El hermano de Sylvie y yo éramos unos intrusos en la peculiar fiesta que se celebraba aquella noche. Una persona de mi ilustre cuna, dueña entonces de aquellos dominios, había invitado a algunas familias de la comarca a una especie de representación alegórica en la que debían actuar algunas internas de un vecino convento. No se trataba de una reminiscencia de las tragedias de Saint Cyr; aquella representación se remontaba a los primeros ensayos líricos importados a Francia en tiempos de los Valois. La puesta en escena que presencié se parecía a los misterios de la antigüedad. El vestuario, compuesto por trajes largos, era uniforme excepto en el color: el del azur, el del jacinto y el de la aurora. La acción transcurría entre ángeles, sobre los restos del mundo ya destruido. Cada voz cantaba uno de los esplendores del orbe extinguido, y el ángel de la muerte explicaba las causas de su destrucción. Un espíritu surgía del abismo, esgrimiendo en la mano la espada flamígera, y convocaba a los otros para que vinieran a admirar la gloria de Cristo, vencedor de los infiernos. Aquel espíritu era Adrienne, transfigurada no sólo por las vestimentas del momento sino también por su vocación. El aura de cartón dorado que ceñía su cabeza angelical parecía un verdadero círculo de luz. Su voz había ganado fuerza y amplitud, y las infinitas florituras del canto italiano bordaban con sus pajariles gorjeos las graves palabras de unos versos pomposos.