Sylvie
Sylvie Al recordar dichos pormenores me pregunto si eran reales o si, por el contrario, los soñé. Aquella tarde, el hermano de Sylvie estaba algo ebrio. Nos habíamos detenido unos instantes en la casa del guarda, en lo alto de cuya puerta aparecía —cosa que me sorprendió mucho— un cisne con las alas extendidas. Ya en el interior, altos armarios de nogal labrado, un gran reloj en su urna, y trofeos de arcos y flechas de honor encima de una diana roja y verde. Un enano estrambótico, tocado con un gorro chino, que sostenía una botella en una mano y una sortija en la otra, parecía invitar a los tiradores a apuntar con tino. Estoy seguro de que el enano era de palastro. Pero, en lo que se refiere a la aparición de Adrienne, ¿fue tan cierta como esos detalles y como la incontestable existencia de la abadía de Châalis? Desde luego, lo que sí es seguro es que fue el hijo del guarda quien nos introdujo en la sala donde tenía lugar la representación, y nos situamos cerca de la puerta, detrás de una numerosa concurrencia, sentada y hondamente emocionada. Era el día de San Bartolomé, particularmente ligado a la memoria de los Médicis, cuyas armas enlazadas con las de la casa de Éste decoraban las viejas murallas… Ese recuerdo quizá sólo sea una obsesión. He aquí que, por fortuna, el coche se detiene en la carretera de Plessis. Huyo al mundo de los sueños. Para llegar a Loisy, sólo falta un cuarto de hora de viaje por caminos poco transitados.