Sylvie
Sylvie Amanecía. Salíamos del baile, cogidos de la mano. Las flores que Sylvie lucía en la cabeza caían entre su cabello suelto; el ramillete del corpiño se deshojaba también entre los encajes arrugados, sabia labor de sus manos. Me brindé a acompañarla a casa. Era completamente de día, pero el tiempo estaba sombrío. El Théve murmuraba a nuestra izquierda, dejando en sus recodos remansos de agua estancada donde se abrían los nenúfares amarillos y blancos, y donde el frágil bordado de las estrellas de agua brillaban como margaritas. Los llanos aparecían cubiertos de gavillas y de montones de heno, cuyo olor se me subía a la cabeza sin embriagarme, como me ocurría antaño con el fresco aroma de los bosques y de los matorrales de espinos floridos.
No se nos ocurrió volver a atravesarlos.
—¡Sylvie! —le dije—. ¡Ya no me ama! Ella suspiró.