Sylvie
Sylvie —Amigo mÃo —me dijo—, hay que ser razonable. En la vida las cosas no son como nosotros desearÃamos. En cierta ocasión, me habló usted de La Nouvelle Héloïse; la leà y me estremecà al dar, ya de entrada, con esta frase: «La muchacha que lea este libro está perdida». Sin embargo, confiando en mi raciocinio, seguà leyendo. ¿Recuerda el dÃa en que nos pusimos los trajes de boda de mis tÃos?… Los grabados del libro también mostraban a los enamorados vestidos con trajes antiguos, de otra época, de modo que, para mÃ, usted era Saint Preux y yo me reconocÃa en Julie. ¡Ah, si hubiera regresado entonces! Pero, según decÃan, estaba en Italia. Allà las habrá conocido mucho más guapas que yo.
—Ninguna tenÃa su mirada, Sylvie, ni los puros rasgos de su rostro. Es usted una ninfa antigua, aunque lo ignore. Por otra parte, los bosques de esta región son tan hermosos como los de la campiña romana. Hay allà masas de granito no menos sublimes, y una cascada que cae desde lo alto de las rocas, como la de Terni. No vi nada en Italia que pueda echar de menos aquÃ.
—¿Y en ParÃs? —preguntó.
—ParÃs…
Sacudà la cabeza, sin responder.
De repente, pensé en la vaga imagen que me trastornaba desde hacÃa tanto tiempo.
—Sylvie —dije—, detengámonos aquÃ, ¿quiere?