Sylvie
Sylvie Me arrodillé a sus pies. Llorando abrasadoras lágrimas, confesé mis vacilaciones, mis caprichos. Mencioné al funesto espectro que se cruzaba en mi vida.
—¡Sálveme! —añad×. ¡Seré suyo para siempre!
Posó en mà su tierna mirada…
En aquel momento, nuestra conversación se vio interrumpida por violentas carcajadas. Era el hermano de Sylvie que venÃa a buscarnos con esa bonachona alegrÃa campesina, obligada a continuación de una noche de fiesta y que numerosas libaciones habÃan estimulado más de la cuenta. Llamaba al galán del baile, perdido a lo lejos entre los arbustos de espinos y que no tardó en reunirse con nosotros. Aquel muchacho no se sostenÃa sobre los pies con más equilibrio que su compañero, y parecÃa más azorado por la presencia de un parisino que por la de Sylvie. Su semblante cándido, su cortesÃa mezclada a la turbación, me impedÃan estar resentido con él por haber sido el bailarÃn por el que Sylvie se habÃa quedado en la fiesta hasta hora tan avanzada. Lo consideraba poco peligroso.
—Hay que volver a casa —dijo Sylvie a su hermano—. ¡Hasta luego! —me dijo ofreciéndome la mejilla.
El pretendiente no se ofendió.