Poesia y prosa

Poesia y prosa

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—¡Cómo!, no me recuerda usted… ¡Parece mentira! Y pensar que era yo visita obligada los lunes y que he comido tantas veces en su casa…

«Luisa» me miró con un desconcierto tal que tuve miedo de una nueva crisis, y comprendiendo la urgencia de cortar por lo sano, recurrí a un medio.

—Un parecido probablemente excepcional —insinué—, ha hecho que usted confunda a mi mujer con alguna persona que usted conoce…

—¡¡¡Pero, Pablo!!!

—Mi mujer —añadí imperturbable— se llama Blanca y no Luisa, y seguramente no ha visto a usted nunca.

Mi amigo abrió los ojos desmesuradamente. Yo repetí un guiño que no advirtió en su estupor, y concluí:

—Hay parecidos así, y el caso nada tiene de extraordinario. Está usted disculpado, caballero; muy buenos días.

Y cogiendo a Blanca por el brazo le dejé plantado en medio de la acera.

No le he vuelto a ver más, pero seguramente no cabe negarle el derecho que tiene a pensar que mi mujer y yo éramos o unos malcriados llenos de humo, o unos farsantes, o unos mentecatos.

—¿Has visto cosa igual? —me preguntaba Blanca después—. Pero tú parecías conocerle…


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