Poesia y prosa
Poesia y prosa Lope quiso responder, pero en aquel momento luchaban en su espíritu sensaciones y sentimientos muy encontrados. Del fondo de su ser subía algo como la convicción íntima de su personalidad anterior al sueño; también él era rey, rey descendiente de este monarca pálido, minucioso, devoto, displicente, mesurado y frío, cuya historia leyera tanto, y un choque de personalidades, de recuerdos confusos lo turbaba. No pudo hablar. El Rey, más afable aún, creyéndole intimidado, díjole:
—¡Sosegaos, sosegaos! —Y volviéndose al Greco— ¿Habéis visto últimamente El Escorial?
—Lo he visto, señor; notable es su severidad, así como la gallardía y hermosura de su iglesia. Herrera interpreta con suma pureza el Renacimiento. Es un artista sereno, sencillo y grande, y El Escorial digna obra suya y vuestra, señor.
—Pláceme lo que me decís, Domenikos Theotokopulos. Bien sabéis que yo he querido edificar un palacio para Dios… ¡y una choza para mí! —añadió sonriendo levemente, tras de lo cual los tres besaron la mano que el monarca les tendía, dando por terminada la audiencia.