Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Celosamente y a gritos conducían su rebaño por su vereda: ¡como si hacia el futuro no hubiera más que una sola vereda! ¡En verdad, también estos pastores continuaban formando parte de las ovejas![167]

Espíritus pequeños y almas voluminosas tenían estos pastores: pero, hermanos míos, ¡qué comarcas tan pequeñas han sido hasta ahora incluso las almas más voluminosas!

Signos de sangre escribieron en el camino que ellos recorrieron, y su tontería enseñaba que con sangre se demuestra la verdad[168].

Mas la sangre es el peor testigo de la verdad; la sangre envenena incluso la doctrina más pura, convirtiéndola en ilusión y odio de los corazones.

Y si alguien atraviesa una hoguera por defender su doctrina, – ¡qué demuestra eso! ¡Mayor cosa es, en verdad, que del propio incendio salga la propia doctrina!

Corazón tórrido y cabeza fría: cuando estas cosas coinciden surge el viento impetuoso, el «redentor».

¡Ha habido, en verdad, hombres más grandes y de nacimiento más elevado que aquellos a quienes el pueblo llama redentores, esos arrebatadores vientos impetuosos!

¡Y vosotros, hermanos míos, tenéis que ser redimidos por hombres aún más grandes que todos los redentores, si queréis encontrar el camino que lleva a la libertad!


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