Asà habló Zaratustra
Asà habló Zaratustra Y cuando hablé a solas con mi sabidurÃa salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso alabas tú la vida!».
A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabidurÃa.
Asà están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida – ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!
Y el que yo sea bueno con la sabidurÃa, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida!
Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto?
Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabidurÃa? – yo me apresuré a responder: «¡Ah sÃ!, ¡la sabidurÃa!
Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes.
¿Es hermosa? ¡Qué sé yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en su cebo. Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo.
Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sà es cuando más seduce».