Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra Pero ésta es mi bendición: estar yo sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azur y su eterna seguridad: ¡bienaventurado quien así bendice!
Pues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulaciones y nubes pasajeras.
En verdad, una bendición es, y no una blasfemia, el que yo enseñe: «Sobre todas las cosas está el cielo Azar, el cielo Inocencia, el cielo Casualidad y el cielo Arrogancia».
«De casualidad» – ésta es la más vieja aristocracia del mundo[297], yo se la he restituido a todas las cosas, yo la he redimido de la servidumbre a la finalidad.
Esta libertad y esta celestial serenidad yo las he puesto como campana azur sobre todas las cosas al enseñar que por encima de ellas y a través de ellas no hay ninguna «voluntad eterna» que – quiera.
Esta arrogancia y esta necedad púselas yo en lugar de aquella voluntad cuando enseñé: «En todas las cosas sólo una es imposible – ¡racionalidad!».
Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría, esparcida entre estrella y estrella, – esa levadura está mezclada en todas las cosas[298]: ¡por amor a la necedad hay mezclada sabiduría en todas las cosas!