Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra Él desprecia también toda sabiduría llorosa: pues, en verdad, existe también una sabiduría que florece en lo oscuro, una sabiduría de las sombras nocturnas: la cual suspira siempre: «¡Todo es vanidad!»[351].
A la medrosa desconfianza la desdeña, así como a todo el que quiere juramentos en lugar de miradas y de manos: y también desdeña toda sabiduría demasiado desconfiada, – pues ésta es propia de almas cobardes.
Pero aún más desdeña al que se apresura a complacer a otros, al perruno, que en seguida se echa panza arriba, al humilde; y hay también una sabiduría que es humilde y perruna y piadosa y que se apresura a complacer.
Odioso es para el egoísmo, y nauseabundo, quien no quiere defenderse, quien se traga salivazos venenosos y miradas malvadas, el demasiado paciente, el que todo lo tolera y con todo se contenta: ésta es, en efecto, la especie servil.
Sobre quien es servil frente a los dioses y los puntapiés divinos, o frente a los hombres y las estúpidas opiniones humanas: ¡sobre toda esa especie de siervos escupe él, ese bienaventurado egoísmo!
Malo: así llama él a todo lo que dobla las rodillas y es servil y tacaño, a los ojos que parpadean sin libertad, a los corazones oprimidos, y a aquella falsa especie indulgente que besa con anchos labios cobardes.