Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Y les mandé derribar sus viejas cátedras y todos los lugares en que aquella vieja presunción se había asentado; les mandé reírse de sus grandes maestros de virtud y de sus santos y poetas y redentores del mundo.

De sus sombríos sabios les mandé reírse, y de todo el que alguna vez se hubiera posado, para hacer advertencias, sobre el árbol de la vida como un negro espantajo.

Me coloqué al lado de su gran calle de los sepulcros e incluso junto a la carroña y los buitres[367] – y me reí de todo su pasado y del mustio y arruinado esplendor de ese pasado.

En verdad, semejante a los predicadores penitenciales y a los necios grité yo pidiendo cólera y justicia sobre todas sus cosas grandes y pequeñas, – ¡es tan pequeño incluso lo mejor de ellos!, ¡es tan pequeño incluso lo peor de ellos! – así me reía.

Así gritaba y se reía en mí mi sabio anhelo, el cual ha nacido en las montañas y es, ¡en verdad!, una sabiduría salvaje – mi gran anhelo de ruidoso vuelo.

Y a menudo en medio de la risa ese anhelo me arrastraba lejos y hacia arriba y hacia fuera: yo volaba, estremeciéndome ciertamente de espanto, como una flecha, a través de un éxtasis embriagado de sol:


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