Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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«¡Oh Zaratustra! ¡No chasquees tan horriblemente el látigo! Tú lo sabes bien: el ruido asesina los pensamientos – y ahora precisamente me vienen pensamientos tan gráciles.

Nosotros somos, ambos, dos haraganes que no hacemos ni bien ni mal. Más allá del bien y del mal hemos encontrado nuestro islote y nuestro verde prado – ¡nosotros dos solos! ¡Ya por ello tenemos que ser buenos el uno para el otro!

Y aunque no nos amemos a fondo –, ¿es necesario guardarse rencor si no se ama a fondo?

Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso lo sabes tú: y la razón es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ay, esa loca y vieja necia de la sabiduría!

Si alguna vez se apartase de ti tu sabiduría, ¡ay!, entonces se apartaría de ti rápidamente también mi amor». –

En este punto la vida miró pensativa detrás de sí y en torno a sí y dijo en voz baja: «¡Oh Zaratustra, tú no me eres bastante fiel!

No me amas ni mucho menos tanto como dices, yo lo sé, tú piensas que pronto vas a abandonarme.

Hay una vieja, pesada, pesada campana retumbante[431]: ella retumba por la noche y su sonido asciende hasta tu caverna: –


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