Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios –, ¡que yo buscase a Zaratustra!».

Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él; mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración.

«Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga! Ésta es la mano de uno que ha impartido siempre bendiciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra.

Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus enseñanzas?[479]». –

Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pensamientos y las más recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste comenzó a decir:

«Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que ningún otro –:

– mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse de eso!». –

– «Tú le has servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un profundo silencio, ¿sabes cómo murió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión la que lo estranguló,


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