Así habló Zaratustra
Así habló Zaratustra Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compasión, con miradas y palabras. Mas para esto – no soy yo bastante mendigo, eso tú lo has adivinado –
– para esto soy yo demasiado rico, ¡rico en cosas grandes, terribles, en las cosas más feas, más inexpresables! ¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me ha honrado!
A duras penas logré escapar de la muchedumbre de los compasivos, – para encontrar al único que hoy enseña “la compasión es importuna”[489] – ¡a ti, oh Zaratustra!
– ya sea compasión de un Dios, ya sea compasión de los hombres: la compasión va contra el pudor. Y no querer-ayudar puede ser más noble que aquella virtud que se apresura solícita.
Mas entre todas las gentes pequeñas se da hoy el nombre de virtud a eso, a la compasión: – ellas no tienen respeto por la gran desgracia, por la gran fealdad, por el gran fracaso.
Yo miro por encima de todos éstos al modo como el perro mira por encima de los lomos de los pululantes rebaños de ovejas. Son pequeñas gentes grises, lanosas, benévolas.
Como una garza mira despectivamente por encima de los estanques poco profundos, con la cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de grises y pequeñas olas y voluntades y almas.