Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Mi caverna es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondrijo el más escondido de los hombres. Y junto a ella hay cien agujeros y hendiduras para los animales que se arrastran, que revolotean y que saltan.

Tú, expulsado que te has expulsado a ti mismo, ¿no quieres vivir en medio de los hombres y de la compasión humana? ¡Bien, obra como yo! Así aprenderás también de mí; sólo obrando se aprende.

¡Y ante todo y sobre todo, habla con mis animales! El animal más orgulloso y el animal más inteligente – ¡ellos son sin duda los adecuados consejeros para nosotros dos!» – –

Así habló Zaratustra y siguió sus caminos, aún más pensativo y lento que antes: pues se hacía muchas preguntas a sí mismo y no le era fácil darse respuesta.

«¡Qué pobre es el hombre!, pensaba en su corazón, ¡qué feo, qué resollante, qué lleno de secreta vergüenza!

Me dicen que el hombre se ama a sí mismo: ¡ay, qué grande tiene que ser ese amor a sí mismo! ¡Cuánto desprecio tiene en su contra!

También ése de ahí se amaba a sí mismo tanto como se despreciaba, – para mí es alguien que ama mucho y que desprecia mucho.


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