Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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Como uno de esos barcos cansados, en la más tranquila de todas las bahías: así descanso yo también ahora, cerca de la tierra, fiel, confiado, aguardando, atado a ella con los hilos más tenues.

¡Oh felicidad! ¡Oh felicidad! ¿Quieres acaso cantar[510], alma mía? Yaces en la hierba. Pero ésta es la hora secreta, solemne, en que ningún pastor toca su flauta.

¡Ten cuidado! Un ardiente mediodía duerme sobre los campos. ¡No cantes! ¡Silencio! El mundo es perfecto.

¡No cantes, ave de los prados, oh alma mía! ¡No susurres siquiera! Mira – ¡silencio!, el viejo mediodía duerme, mueve la boca: ¿no bebe en este momento una gota de felicidad –

– una vieja, dorada gota de áurea felicidad, de áureo vino? Algo se desliza sobre él, su felicidad ríe. Así – ríe un Dios. ¡Silencio! –

– «Para ser feliz, ¡con qué poco basta para ser feliz!». Así dije yo en otro tiempo, y me creí sabio. Pero era una blasfemia: esto lo he aprendido ahora. Los necios inteligentes hablan mejor.

Justamente la menor cosa, la más tenue, la más ligera, el crujido de un lagarto, un soplo, un roce, un pestañeo – lo poco constituye la especie de la mejor felicidad. ¡Silencio!


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