Así habló Zaratustra

Así habló Zaratustra

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– a otros más altos, más fuertes, más victoriosos, más alegres, cuadrados[514] de cuerpo y de alma: ¡leones rientes tienen que venir![515]

Oh, huéspedes míos, vosotros hombres extraños, ¿no habéis oído nada aún de mis hijos?[516] ¿Y de que se encuentran en camino hacia mí?

Habladme, pues, de mis jardines, de mis islas afortunadas, de mi nueva y bella especie, – ¿por qué no me habláis de esto?

Éste es el regalo de huéspedes que yo reclamo de vuestro amor, el que me habléis de mis hijos. Yo soy rico para esto, yo me he vuelto pobre para esto: qué no he dado,

– qué no daría por tener una sola cosa: ¡esos hijos, ese viviente vivero, esos árboles de la vida de mi voluntad y de mi suprema esperanza!».

Así habló Zaratustra, y de repente se interrumpió en su discurso: pues lo acometió su anhelo, y cerró los ojos y la boca a causa del movimiento de su corazón[517]. Y también todos sus huéspedes callaron y permanecieron silenciosos y consternados: excepto el viejo adivino, que comenzó a hacer signos con manos y gestos.


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