El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos Suponiendo que se haya comprendido lo criminal de una rebelión contra la vida como la que ha llegado a ser casi sacrosanta en la moral cristiana, también se habrá comprendido con ello, afortunadamente, otra cosa distinta: lo inútil, aparente, absurdo, mendaz de tal rebelión. Una condena de la vida por parte del que vive no es en último término otra cosa que el síntoma de un tipo determinado de vida: la pregunta de si con derecho o sin él no queda planteada con ello en modo alguno. Habría que tener una posición fuera de la vida, y por otra parte conocerla tan bien como uno, como muchos, como todos los que la han vivido, para que fuese lícito siquiera tocar el problema del valor de la vida: lo que es ya suficiente razón para comprender que ese problema es un problema inaccesible para nosotros. Cuando hablamos de valores, hablamos bajo la inspiración, bajo la óptica de la vida: la vida misma nos fuerza a poner valores, la vida misma valora a través de nosotros cuando ponemos valores… De ahí se sigue que también aquella contranaturaleza de moral que considera a Dios como el contraconcepto y la condena de la vida es solamente un juicio de valor de la vida: ¿de qué vida?, ¿de qué tipo de vida? Pero ya he dado la respuesta: de la vida decadente, de la vida debilitada, de la vida cansada, de la vida condenada. La moral, tal y como ha sido entendida hasta ahora, tal y como últimamente ha sido formulada todavía por Schopenhauer, como «negación de la voluntad de vivir», es el instinto de décadence mismo que hace de sí propio un imperativo: dice: «¡sucumbe!», es la condena de condenados…