El crepusculo de los idolos
El crepusculo de los idolos Qué podría ser el espíritu alemán: ¡quién no habrá tenido ya a este respecto sus pensamientos melancólicos! Pero este pueblo se ha entontecido voluntariamente, desde hace casi un milenio: en ningún otro lugar se ha abusado de modo más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos, el alcohol y el cristianismo. Últimamente incluso se les ha añadido un tercero, que ya bastaría por sí solo para acabar por completo con toda movilidad del espíritu delicada y atrevida: la música, nuestra estreñida y astringente música alemana. ¡Cuánta enfadosa pesantez, parálisis, humedad, batín de estar por casa, cuánta cerveza hay en la intelectualidad alemana! ¿Cómo es realmente posible que hombres jóvenes que consagran su existencia a los fines más espirituales no sientan en sí mismos el primer instinto de la espiritualidad, el instinto de conservación del espíritu, y beban cerveza?… El alcoholismo de la juventud erudita quizá no sea aún un signo de interrogación en lo referente a su erudición —sin espíritu se puede ser incluso un gran erudito—, pero en todos los demás aspectos no deja de ser un problema. ¡Dónde no encontrarla, la suave degeneración que la cerveza produce en el espíritu! En cierta ocasión, en un caso que estuvo a punto de hacerse famoso, puse el dedo en una degeneración de ese tipo: la degeneración de nuestro primer espíritu libre, el inteligente David Strauss, que lo llevó a convertirse en autor de un evangelio de cervecería y de una «nueva fe»… No en2 vano había hecho su solemne promesa en verso a la «maravillosa cerveza tostada»: fidelidad hasta la muerte…