Humano, demasiado humano

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LA INOCENCIA DE LA MALDAD.— La maldad no tiene por fin esencialmente el sufrimiento del otro, sino su propio gozo, bajo la forma, por ejemplo, de un sentimiento de venganza o de una fuerte excitación nerviosa. Nada prueba como la incomodidad cuánto placer existe en ejercer poder sobre otro y llegar por ello al sentimiento agradable de la superioridad. Veamos ahora: la inmoralidad, ¿consiste en quitar a otro su gusto o su disgusto? El goce de dañar, ¿es diabólico, como dice Schopenhauer? El hecho es que sacamos placer de la Naturaleza rompiendo ramas, estrellando piedras, combatiendo los animales salvajes, y todo para convencernos de nuestra fuerza. El hecho de saber que otro sufre por nosotros, ¿haría ahora inmoral la misma cosa, en relación a la cual nos sentimos de otro modo irresponsable? Pero si eso no se supiera, tampoco se encontraría en ello el placer de la superioridad; éste no puede manifestarse sino en el sufrimiento de otro, por ejemplo, en la incomodidad. Todo placer en sí mismo no es ni bueno ni malo; ¿de dónde vendría entonces la distinción de que para complacerse a sí mismo no tiene uno derecho de disgustar al otro? Únicamente del punto de vista de la utilidad, es decir, de la consideración de las consecuencias, de un disgusto eventual, en el cual el hombre perjudicado, o el Estado que lo representa, haría esperar un castigo y una venganza: sólo esto puede haber suministrado motivo originariamente para prohibir tales actos. La piedad tiene en tan pequeña escala por fin el placer de otro, como la maldad su dolor, puesto que aquélla oculta dos elementos (quizá más) de placer personal, y no equivale este punto de vista sino al contentamiento de sí mismo: al principio, existe en ella el placer de la emoción, tal como se representa la piedad en la tragedia; después al pasar al acto, el placer de contentarse ejerciendo su poder. Por poco que una persona que sufre nos esté muy próxima, nos quitamos de encima un sufrimiento realizando actos de piedad. Excepto algunos filósofos, los hombres han colocado siempre la piedad en un rango bastante bajo en la serie de los sentimientos morales, y con derecho.


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