Humano, demasiado humano

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LEGÍTIMA DEFENSA.— Si se acepta de una manera general la legítima defensa como moral, es necesario admitir también casi todas las manifestaciones del egoísmo llamado inmoral. Procede uno mal, roba, mata, o para conservarse, o para garantirse, o para prevenir algún infortunio personal; miento uno cuando la astucia y el disimulo son el verdadero medio de satisfacer al instinto de conservación. Dañar premeditadamente cuando se trata de nuestra existencia o de nuestra seguridad (conservación de nuestro bienestar), es admitido como moral; aun el Estado daña, desde el mismo punto de vista, cuando pronuncia una sentencia. No puede, naturalmente, consistir la inmoralidad en dañar por ignorancia; en esto reina la casualidad. ¿Existe entonces una acción premeditada de dañar, aunque no se trate de nuestra existencia, de nuestro porvenir? ¿Existe entonces alguna especie de acción de dañar con premeditación, intencionalmente, por pura perversidad, como sucede, por ejemplo, en la crueldad? SI uno no sabe el mal que produce en su acto, no es una maldad la que ejecuta; así el niño, en lo que al animal se refiere, ni es perverso ni es malvado; lo maltrata y lo destruye como a un juguete. ¿Pero se sabe alguna vez plenamente el mal que un acto causa a otra persona? El límite dentro del cual se extiende la acción de nuestro sistema nervioso es aquél en que nos guarecemos del dolor; si se extendiera más, si alcanzara a más lejos, hasta a nuestros semejantes, no haríamos mal a nadie (salvo en el caso en que nos hacemos a nosotros mismos, por ejemplo, cuando nos preocupamos por nuestras comodidades, cuando nos fatigamos y esforzamos por nuestra salud). Concluimos, por analogía, que si alguna cosa puede hacer mal a alguien, por el recuerdo y la fuerza de la imaginación podemos también sufrir ese mismo mal en nosotros mismos. ¡Pero cuánta diferencia queda siempre entre el dolor de muelas y el mal (compasión) que produce la vista de la enfermedad de muelas! Así, pues, cuando uno daña como se dice, por maldad, el grado del dolor causado nos es, en todos los casos, desconocido; y cuando se ejecuta un acto a la medida del placer que hay en él (sentimiento del propio poder, de la propia excitación fuerte), el acto se ejecuta para conservar el bienestar del individuo, y debe mirarse, por lo tanto, desde el mismo punto de vista de la legítima defensa, de la mentira legítima. Sin placer no hay vida; el combate por el placer es el combate por la vida. Saber si el individuo libra este combate de manera que los hombres le llamen bueno o de manera que le llamen malo, es cuestión que deciden el nivel o la naturaleza de su inteligencia.


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