Humano, demasiado humano

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IMPECABILIDAD DEL HOMBRE.— Si se ha comprendido cómo «el pecado vino al mundo», a saber, por errores de la razón, en virtud de las cuales los hombres se toman recíprocamente, más todavía, el individuo se toma a sí mismo como más negro y malvado que lo que es, toda la sensibilidad se encuentra aliviada, y hombres y mundo aparecen un día u otro con una aureola de inocencia, al punto que un hombre puede encontrarse allí esencialmente bien. El hombre, en medio de la Naturaleza, es siempre un niño. Y este niño sueña a veces un sueño angustioso, pero cuando abre los ojos vuelve a verse en el paraíso.

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IRRELIGIOSIDAD DE LOS ARTISTAS.— Homero se halla entre los dioses, y al mismo tiempo con los suyos y en calidad de poeta, se encuentra con aquéllos tan a su satisfacción, que es necesario de todo punto que haya sido esencialmente irreligioso; no obstante la materia que le proponía la creencia popular —una superstición seca, grosera, en parte afrentosa—, él procedía de una manera tan libre como el escultor con la arcilla, y por lo tanto, con aquella despreocupación que poseyeron Esquilo y Aristófanes, y en los tiempos modernos los artistas del renacimiento, como Shakespeare y Goethe.

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