Humano, demasiado humano

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RECUERDOS RELIGIOSOS.— Por mucho que uno se crea desacostumbrado de la religión, no ha llegado al punto de que no se sienta placer de experimentar y disposiciones religiosas sin contenido inteligible, como por ejemplo, en la música, y en cuando una filosofía nos expone la justificación de esperanzas metafísicas, de la profunda paz del alma que se debe pedir, y por ejemplo, habla de «todo el Evangelio cierto en la mirada de la Virgen de Rafael», acogemos tales expresiones y demostraciones con disposición de ánimo particularmente cordial, el filósofo tiene en esto demasiada facilidad que comprobar, responde por lo que le place dar a un corazón que ansía recibirlo. A este propósito se nota cómo a los espíritus libres no chocan sino los dogmas, pero reconociendo muy bien el encanto del sentimiento religioso, tienen sentimiento en dejar ir el último por causa de los primeros. La filosofía científica debe estar muy sobre sí para no ir, por causa de esta necesidad, necesidad adquirida —y por consiguiente también pasajera—, a introducir errores de contrabando; aun los lógicos hablan de presentimiento de la verdad en la moral y en el acto (por ejemplo, del presentimiento «que la esencia de las cosas es una»); esto es, por lo tanto, lo que debería prohibirse. Entre las verdades diligentemente descubiertas y sus semejantes «presentidas», queda el abismo infranqueable de que éstas son debidas a la inteligencia y aquéllas a la necesidad. El hombre no prueba que haya un alimento para satisfacerlo, pero lo desea. «Presentir» no significa reconocer en algún grado la existencia de una cosa, sino tenerla como posible en la medida en que uno la desea o la teme; el «presentimiento» no hace avanzar un paso en el país de la certidumbre. Se cree involuntariamente que las partes de una filosofía que lleva consigo un colorido de religión son mejor probadas que las demás; pero en el fondo es lo contrario; se tiene solamente el íntimo deseo de que pueda ser así, y por lo tanto, que aquello que haga dichoso sea lo verdadero. Ese deseo nos conduce a comprar como buenas razones que son malas.


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