Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano Existe cierta presunción vanidosa en manifestaciones sublimes, y a esa presunción corresponden numerosas formas del ascetismo. Algunos hombres tienen, en efecto, una necesidad tan grande de practicar su fuerza y sus inclinaciones a la dominación, que a falta de otros objetos o porque hayan fracasado siempre en otras esferas, llegan a tiranizar ciertas partes de su propio ser, por decirlo asÃ, ciertas porciones o grados de sà mismo. Asà es como más de un pensador profesa doctrinas que no sirven visiblemente ni para aumentar ni para disminuir su reputación; más de uno evoca expresamente la desconsideración de los otros hacia él, mientras que si callara le serÃa más fácil ser considerado; otros recuerdan opiniones anteriores y no se asustan desde aquel punto en ser llamados inconsecuentes; por el contrario, se esfuerzan en ello y se conducen como caballeros temerarios que no sienten placer al cabalgar, sino cuando el caballo se ha puesto furioso, está empapado en sudor, alborotado. Asà como el hombre se eleva por caminos peligrosos a las más altas cumbres para reÃrse de su fatiga y de sus rodillas vacilantes, asà también el filósofo profesa opiniones de ascetismo, de humildad, de santidad, con cuyo brillo afea de la manera más odiosa su propia figura. Esta tortura de sà mismo, esta burla de su propia Naturaleza, este spernere et sperni, a que han dado tanta importancia las religiones, es propiamente un grado altÃsimo de vanidad. Toda la moral del sermón de la montaña se halla en este caso: el hombre siente verdadera fruición voluptuosa en hacerse violencia por exigencias excesivas, y en deificar después lo que gobierna tiránicamente en su alma. En toda moral ascética, el hombre adora una parte de su ser como una divinidad, y debe por esto necesariamente creer diabólicas las demás partes que lo componen.