Humano, demasiado humano
Humano, demasiado humano El hombre no es a todas horas igualmente moral; esto está comprobado y es cosa conocida; si se juzga su moralidad según la capacidad de desprendimiento, de renuncia de sÃ, que conducen al gran sacrificio (el cual, si persiste y llega a hacerse un hábito, se llama santidad), se encuentra que en el estado de pasión es cuando se muestra más moral; la emoción superior le ofrece móviles nuevos, de los cuales, en la calma y tranquilidad cotidiana, no se creerÃa nunca capaz. ¿Cómo sucede esto? A nuestro parecer, por el inmediato parentesco que existe entre todo lo que es grande y determina fuertes emociones. Una vez llevado el hombre a una excitación extraordinaria, puede determinarse lo mismo a una venganza horrorosa que a un horroroso anonadamiento de su necesidad de venganza. Lo que él quiere bajo la influencia de la emoción violenta, es siempre lo grande, lo violento, lo monstruoso, y como note por casualidad que su propio sacrificio le produce tanta o más satisfacción que el sacrificio de otro, escoge aquél. Propiamente, pues, no se trata en él sino de descargar su emoción; entonces puede, para aliviar su situación, coger los venablos de sus enemigos y clavarlos en su pecho. Esto hace que en la renuncia de sà mismo, y no solamente en la venganza, exista alguna grandeza que no ha podido ser inculcada a la humanidad sino por largo hábito; una divinidad que se ofreció a sà misma en sacrificio, fue el sÃmbolo más fuerte, más eficaz, de tal clase de grandeza. Es una victoria alcanzada sobre el enemigo más difÃcil de vencer, es la repentina sujeción de una pasión —tal, a lo menos, aparece esa renuncia—, y por lo tanto, se la considera el colmo de la moralidad. Se trata en realidad de la confusión de una idea con otra guardando la conciencia de su misma elevación, su propio equilibrio. Los hombres de sangre frÃa que tienen calma en presencia de una pasión, no comprenden ya la moralidad de aquellos momentos, pero la admiración de todos los que han vivido en ese tiempo les presta apoyo; el orgullo es su consuelo, cuando la pasión y la inteligencia de su acto se debilitan. AsÃ, pues, en el fondo, estos actos de abnegación, de renuncia de uno mismo, no son tampoco morales mientras no se realicen en favor de otro; mejor dicho, los otros no dan al corazón sobrexcitado sino una ocasión de alivio por medio de tal abnegación.